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Tradición, fraternidad y futuro: cinco años caminando junto a Nuestra Señora de Barbaño

Foto del escritor: patronademontijo
patronademontijo
hace 5 días
6 min de lectura

Pablo Iglesias Aunión

-Hermano Mayor- 


Este lunes, 7 de septiembre, caminaremos hacia los cinco años desde que la actual Junta de Gobierno asumiera la responsabilidad de trasladar la próocesión al ida 7 de sepístiembre, Vpera de la Natividad de la Virgen, contando con el respaldo de las dos comunidades parroquiales de Montijo, a través de sus respectivos párrocos: don Antonio Pérez Carrasco, párroco de San Gregorio Ostiense —a quien encomendamos especialmente a la misericordia de Dios—, y don Pedro Gómez Serrano, párroco de San Pedro Apóstol, a quien con cariño y añoranza diremos pronto adiós porque los caminos del Señor lo llaman a evangelizar en otra localidad, Villafranca de los Barros.

 

Han sido cinco años de trabajo, de decisiones, de ilusiones y también, por qué no decirlo, de momentos difíciles. Cinco años en los que hemos procurado actuar siempre desde el respeto a la Iglesia, a nuestra Hermandad y, sobre todo, al amor que el pueblo de Montijo siente por su Patrona, Nuestra Señora de Barbaño.

 

Una decisión nacida de una realidad


Cuando se planteó la necesidad de revisar la procesión de traslado de la imagen de Nuestra Señora de Barbaño del día 8 de septiembre, no se hizo por capricho ni por el deseo de romper con el pasado. La realidad era evidente.

 

El traslado venía sufriendo, año tras año, una preocupante falta de acompañamiento. También se producían ausencias en determinados actos litúrgicos e incluso situaciones en las que algunos de ellos debían abandonarse antes de su finalización para poder atender otros compromisos oficiales previamente programados.

 

No se trataba de cuestionar a nadie. Se trataba de observar una realidad y preguntarnos, con serenidad y responsabilidad, si aquello que estábamos haciendo seguía siendo la mejor manera de vivir y celebrar una fecha tan importante para los montijanos. E incluso de dar respuesta a una cuestión que ya se venía planteando desde hacía muchos años (la Hermandad posee un archivo histórico riquísimo).

 

Porque hay algo que debe estar siempre por encima de cualquier discusión: la Liturgia de la Iglesia, el amor del pueblo a Dios y la devoción que Montijo profesa a María de Nazaret bajo la querida advocación de Nuestra Señora de Barbaño. Y precisamente desde ese amor nació la necesidad de reflexionar.

 

Cambiar no significa olvidar

 

Multitudinario recibimiento


En ocasiones, cuando se habla de modificar una costumbre profundamente arraigada, aparece inmediatamente una palabra: tradición. Y es lógico. La tradición tiene un valor extraordinario. Es nuestra memoria colectiva. Es aquello que recibimos de nuestros mayores y que, generación tras generación, ha contribuido a construir nuestra identidad como pueblo y como comunidad creyente.

 

Por eso, la tradición merece respeto. Pero también merece una mirada serena. Porque tradición no significa necesariamente inmovilidad. Las costumbres nacen en un momento determinado, responden a unas circunstancias concretas y, con el paso del tiempo, pueden necesitar ser revisadas para continuar cumpliendo su verdadero sentido.

Adaptarse a los tiempos no significa renunciar a la fe. Tampoco significa despreciar a quienes nos precedieron. Al contrario: puede significar precisamente querer que aquello que recibimos siga vivo y pueda ser transmitido a quienes vendrán después de nosotros. La tradición debe ser raíz, pero no una barrera. Una raíz nos sostiene y nos recuerda de dónde venimos. Pero una raíz sana permite que el árbol siga creciendo.

 

Una decisión compartida y aprobada



El planteamiento de esta reforma fue presentado en su momento al Arzobispado de Mérida-Badajoz y acompañado de la correspondiente modificación de los Estatutos de la Hermandad. Posteriormente, dicha reforma fue aprobada por una amplia mayoría en la Asamblea General de Hermanos celebrada en marzo de 2023.

 

Y antes de consolidar definitivamente el nuevo planteamiento, hubo algo que consideramos imprescindible: comprobar la realidad.

 

La primera salida fue, en ese sentido, una oportunidad para comprobar sobre el terreno si aquello que se había planteado respondía verdaderamente a las necesidades que habíamos detectado. Y los resultados fueron elocuentes.

 

Hubo más pueblo acompañando a Nuestra Señora de Barbaño, mayor implicación y compromiso por parte de instituciones y asociaciones, menos condicionamientos derivados de la agenda del día 8 y, al mismo tiempo, una mayor solemnidad y protagonismo de la celebración de la Eucaristía en la festividad de la Natividad de la Virgen.

 

No se trataba, por tanto, de quitar


 

Se trataba de ordenar, mejorar y dar sentido. Libertad para pensar diferente con un todo proceso del que también hemos aprendido algo que consideramos fundamental: en una Hermandad caben diferentes sensibilidades.

 

Puede haber hermanos que prefieran cómo se hacía antes. Puede haber quienes consideren acertado el cambio. Puede haber personas que tengan dudas, que quieran debatir o que necesiten más tiempo para comprender determinadas decisiones. Todo eso es legítimo.

 

La libertad de pensamiento y de expresión, ejercida siempre desde el respeto, forma parte de una comunidad viva. Por eso, no deberíamos tener miedo a la discrepancia. Lo que debemos evitar es que la discrepancia se transforme en enfrentamiento, descalificación o falta de respeto como a los miembros que formamos se nos ha tenido en los primeros momentos.

 

Una Hermandad no puede convertirse en un lugar donde unos pretendan tener más legitimidad que otros para querer a la Virgen. Todos podemos querer a Nuestra Señora de Barbaño de una manera diferente. Y nadie debería sentirse con derecho a juzgar la fe, la devoción o las intenciones de otro. La fraternidad no consiste en pensar todos igual. Consiste en saber convivir aun cuando pensamos diferente.

 

 La religiosidad popular también debe mirar al presente

 


La religiosidad popular es una de las expresiones más ricas y hermosas de nuestra fe. En ella se mezclan historia, cultura, sentimientos, familia, recuerdos y, sobre todo, devoción.

Pero precisamente porque está viva, también está llamada a evolucionar.

 

No podemos confundir la esencia de una devoción con todas las formas concretas mediante las cuales esa devoción se ha expresado a lo largo del tiempo. La Virgen sigue siendo la misma. Nuestra fe sigue teniendo el mismo centro. El amor a María permanece.

Lo que puede cambiar son determinadas formas de organizar, celebrar o expresar esa devoción.

 

Y hacerlo no tiene por qué significar perder nuestra identidad

 

A veces, adaptar una tradición es la mejor manera de evitar que termine desapareciendo.

Porque una costumbre que ya no responde a la realidad puede acabar perdiendo participación, sentido y fuerza. En cambio, una tradición capaz de dialogar con su tiempo puede continuar siendo significativa para quienes hoy forman parte de nuestra comunidad.

 

Por eso, cuando hablamos de religiosidad popular, quizá deberíamos preguntarnos menos aquello de “¿cómo se ha hecho siempre?” y plantearnos también otra cuestión:

“¿Cómo podemos hacerlo hoy de la mejor manera posible, sin perder lo esencial?”

 

Cinco años después

 

Han pasado cinco años desde aquel momento. Cinco años en los que esta Junta de Gobierno ha tomado decisiones pensando, acertadamente o no —porque quienes trabajan también pueden equivocarse—, en el presente y en el futuro de nuestra Hermandad.

Y hay un dato que consideramos especialmente significativo.

 

La misma Junta de Gobierno que impulsó estos cambios, contando con el respaldo de la Iglesia y siguiendo los procedimientos establecidos por la propia Hermandad, volvió a recibir en marzo de este año 2026 la confianza mayoritaria de sus hermanos, obteniendo más del doble de los votos que había conseguido en el proceso anterior (2022) y renovando su mandato hasta 2030.


 

No utilizamos este resultado para descalificar a quienes discrepan. Al contrario. Lo entendemos como una responsabilidad renovada y como una invitación a continuar trabajando con humildad, escuchando, dialogando y tratando de construir una Hermandad en la que todos tengan su espacio.

 

Porque una elección no convierte a nadie en dueño de la verdad. Ni una discrepancia convierte a nadie en enemigo. Mirar juntos hacia adelante Quizá sea este el momento de dejar atrás determinadas confrontaciones y comprender que todos, desde nuestras distintas sensibilidades, podemos tener un objetivo común: que Nuestra Señora de Barbaño siga siendo un punto de encuentro para Montijo.

 

Que la Virgen una y no divida. Que nuestras fiestas patronales sean motivo de alegría y fraternidad. Que nuestras celebraciones litúrgicas tengan el lugar y la solemnidad que merecen.

 

Que las tradiciones que conservemos sean verdaderamente significativas. Y que aquellas que necesiten cambiar puedan hacerlo sin que ese cambio sea interpretado automáticamente como una falta de respeto hacia nuestros mayores o hacia nuestra historia.

 

Tenemos una responsabilidad con el pasado, pero también con el presente y, especialmente, con el futuro.

 

A quienes defienden las tradiciones de siempre, nuestro respeto.

A quienes han entendido y apoyado los cambios, nuestro agradecimiento.

A quienes todavía mantienen sus dudas, nuestra disposición permanente al diálogo.

Y a quienes discrepan, nuestra consideración, siempre que esa discrepancia se exprese desde el respeto y la fraternidad que todos nos debemos.

 

Porque al final, por encima de nuestras diferencias, hay algo que nos une: Montijo, nuestra fe, nuestra Hermandad y Nuestra Señora de Barbaño. Que estas Fiestas Patronales sean, por encima de todo, un tiempo de encuentro, de convivencia, de alegría y de fraternidad.

Felices Fiestas Patronales a todo el pueblo de Montijo.

 

A todos los montijanos: ¡Viva Nuestra Señora de Barbaño, Patrona de Montijo!

 

 
 
 

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