Cuando María de Barbaño vuelve a Montijo
Pablo Iglesias Aunión.- Hermano Mayor
"«Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava»
“En María de Barbaño encontramos el camino hacía el Resucitado:
Montijo es fuente fe y esperanza”

Hay regresos que no son simplemente un regreso.
Hay llegadas que traen consigo algo más que una presencia: despiertan la memoria, estremecen las calles, convocan los afectos y hacen que Montijo entero vuelva la mirada hacia aquello que, quizá sin saberlo, guarda en lo más hondo de su corazón. Así llega Nuestra Señora de Barbaño a Montijo.
Y cuando sus pasos se acercan, cuando el rumor de las campanas comienza a derramarse sobre las casas, cuando nuestras calles se engalanan y nuestros rostros se vuelven hacia Ella, Montijo parece recuperar una antigua conversación con su Patrona. Una conversación hecha de silencios, de lágrimas contenidas, de plegarias que nadie escucha y de otras que, durante generaciones, han subido hasta el cielo desde los labios de nuestros mayores: ¡Ella vuelve!
Vuelve desde su ermita, desde esa tierra de nuestro querido pueblo de Barbaño que parece haber aprendido a guardar su nombre entre los surcos y los atardeceres. Vuelve a la villa que la espera. Vuelve a su pueblo. Y nosotros salimos a recibirla.
Pero quizá, en realidad, no somos nosotros quienes la recibimos. Quizá es Ella quien viene a encontrarnos. Porque María nunca llega sola. Nunca se presenta ante nosotros como una figura aislada, detenida en la belleza de una talla, en el esplendor de un manto o en la delicadeza de una corona. María siempre trae consigo una invitación. Su presencia señala más allá de Ella misma.
«Haced lo que Él os diga»

Y ese Él es Cristo. El Resucitado. El que venció a la muerte y abrió para nosotros las puertas de una vida nueva. El que no permanece encerrado en un sepulcro, ni reducido a la memoria de un acontecimiento hermoso, sino que vive, camina en medio de su Iglesia y sigue llamando a su Pueblo a la conversión, a la esperanza y al amor.
Por eso María vuelve a Montijo para conducirnos hacia Él. Y quizá este sea el verdadero misterio de su llegada. No viene únicamente a recibir flores. No viene solamente a llenar de luz nuestras calles. No viene para que durante unos días contemplemos su belleza y después todo vuelva a ser exactamente igual.
Viene a preguntarnos, con la ternura de una Madre, qué hemos hecho de aquello que recibimos:
Qué hemos hecho de nuestra fe.
Qué hemos hecho de la Iglesia.
Qué hemos hecho de ese hermoso nombre que pronunciamos tantas veces: Pueblo de Dios.
Porque una imagen puede conmovernos, una fotografía puede guardar para siempre la belleza de un instante, una tradición puede atravesar los siglos y convertirse en parte de nuestra identidad. Todo eso tiene un valor inmenso. Hay una memoria sagrada en los gestos heredados, en los caminos recorridos, en las promesas cumplidas y en las manos que, generación tras generación, han levantado los ojos hacia Barbaño.

Pero María no quiere quedarse en una fotografía. Ni Cristo en una tradición. Ni la Iglesia en una costumbre. La fe no puede ser únicamente aquello que contemplamos desde fuera, por hermoso que sea lo que contemplamos. Porque el Evangelio no nos llama a ser espectadores. Nos llama a ser discípulos.
Y la Iglesia no es solamente el templo que se abre, la campana que repica o la procesión que atraviesa nuestras calles. La Iglesia somos nosotros cuando dejamos que Cristo viva en nuestra manera de mirar, de perdonar, de servir, de acompañar, de compartir y de amar.
Somos Iglesia cuando nadie queda solo. Cuando el que sufre encuentra una mano.
Cuando el que se ha alejado descubre que todavía tiene una casa. Cuando somos capaces de reconocer a Cristo no sólo en el altar, sino también en el rostro cansado de quien necesita consuelo. Cuando la Eucaristía que celebramos el domingo continúa después en nuestras vidas. Cuando aquello que cantamos delante de María se convierte, al salir del templo, en una forma nueva de vivir.
Por eso, al contemplar a Nuestra Señora de Barbaño entrando en Montijo, quizá convenga preguntarnos qué significa realmente mirarla. Podemos mirarla como quien contempla una imagen hermosa. Podemos mirarla con la emoción de quien reconoce una tradición de su pueblo. Podemos mirarla con los ojos de quien desea conservar una fotografía para recordar algún día cómo fue aquella tarde.
Y todo eso puede ser hermoso. Pero María nos pide algo más. Nos pide que la miremos con los ojos de la fe. Porque Ella no desea ser el final de nuestra mirada, sino el camino que nos conduce hasta su Hijo. Ella no quiere que nos quedemos en su rostro, sino que descubramos en Él el rostro de Cristo. Ella no quiere un pueblo que simplemente la admire, sino un Pueblo de Dios que camine:
Que creamos.
Que celebremos.
Que nos sirva.
Que nos perdone.
Que amemos.
Que anunciemos que Cristo ha resucitado.
Y entonces la llegada de Barbaño adquiere otro significado. Ya no es solamente el regreso de una Patrona querida. Es una llamada. Una llamada suave, maternal, casi imperceptible, pero insistente.
Volvamos al Evangelio.
Volvamos a Cristo.
Volvamos a la Iglesia.
Volvamos a ser pueblo.
Porque puede ocurrir que sepamos llenar nuestras calles de flores y, sin embargo, dejemos vacíos nuestros corazones. Puede ocurrir que conozcamos cada detalle de una tradición y hayamos olvidado el sentido que la hizo nacer. Puede ocurrir que sepamos mirar una imagen sin dejar que aquello que representa transforme nuestra vida. Y María, que conoce la fragilidad de sus hijos, no viene a reprocharnos nada.
Viene a esperarnos.
Viene a llevarnos de nuevo de la mano.
Como aquella mujer humilde de Nazaret que supo decir que sí cuando todavía no entendía el camino, María sigue enseñándonos que la fe no consiste únicamente en mirar al cielo, sino en poner los pies en la tierra y caminar tras Cristo.
Por eso, ahora que está en Montijo, cuando las campanas han anunciado su presencia y el pueblo se emociona ante Ella, que no sea solamente una emoción pasajera.
Que su llegada encuentre una Iglesia viva.
Que encuentre familias que rezan.
Que encuentre jóvenes que buscan.
Que encuentre mayores que transmiten.
Que encuentre manos dispuestas a servir.
Que encuentre corazones capaces de reconciliarse.
Que encuentre un pueblo que no sólo sepa decir que ama a su Patrona, sino que esté dispuesto a vivir aquello que Ella enseñó.
Y cuando después de tantos días llegue la hora de despedirla y el camino vuelva a llevarla hacia Barbaño, que no nos quede solamente la nostalgia de haberla visto marchar.
Que nos quede su mensaje.
Que nos quede Cristo.
Que nos quede la Iglesia.
Que nos quede la certeza de que no caminamos solos.
Y que, cuando las últimas luces se apaguen y Montijo vuelva poco a poco a su silencio, podamos sentir que algo ha cambiado. Porque la verdadera visita de María no termina cuando se aleja su imagen. Termina —o comienza— cuando su presencia consigue que nosotros volvamos el corazón hacia su Hijo. Entonces sí podremos decir que Santa María de Barbaño, nuestra Patrona, ha vuelto a Montijo. No sólo porque hemos visto pasar a Nuestra Señora por nuestras calles.

Sino porque, al pasar Ella, hemos vuelto a descubrir a Cristo Resucitado en medio de su Pueblo. Y quizá ese sea el milagro más hermoso de todos: que después de contemplar a María, sepamos vivir como hijos; que después de acompañarla, sepamos acompañarnos; que después de cantarle, sepamos escuchar; que después de recibirla, sepamos recibir al hermano; y que después de verla marchar, comprendamos que no se ha ido del todo. Porque una Madre nunca abandona a sus hijos.
Y María de Barbaño, Patrona de Montijo, seguirá caminando con nosotros hacia la única meta que verdaderamente importa:
Cristo, vivo y Resucitado, presente en su Iglesia y en medio de su Pueblo.




Comentarios